Wednesday, June 08, 2011

Fernando Pessoa y Jorge Luis Borges en el microbus...

FERNANDO PESSOA

Todo me cansa, hasta lo que no me cansa. Mi alegría
es tan dolorosa como mi dolor.

Quien me diera ser un niño poniendo barcos de papel
en un estanque de la quinta, con un dosel rústico de
redes de parral poniendo ajedreces de luz y sombra
verde en los reflejos sombríos de la poco agua.

Entre yo y la vida hay un vidrio tenue. Por más nítidamente
que yo vea y comprenda la vida, yo no la puedo tocar.

¿Razonar mi tristeza? ¿para qué si el raciocinio es
un esfuerzo? y quien está triste no puede esforzarse.

Ni siquiera abdico de aquellos gestos banales de la
vida de los que yo tanto querría abdicar. Abdicar es
un esfuerzo, y yo no poseo el alma con que esforzarme.

¡Cuántas veces me aflige no ser el accionador de aquel
coche, el conductor de aquel tren! ¡cualquier banal Otro
supuesto cuya vida, por no ser mía, deliciosamente me
penetra para que yo la quiera y se me finge ajena!

Yo no tendría el horror a la vida como a una Cosa.
La noción de la vida como un Todo no me aplastaría
los hombros del pensamiento.

Mis sueños son un refugio estúpido, como un
paraguas contra un rayo.

Soy tan inerte, tan pobrecito, tan falto de gestos y de
actos.

Por más que por mí me interne, todos los atajos de
mi sueño van a dar a claridades de angustia.

Incluyo yo, el que sueña tanto, tengo intervalos en los
que el sueño me huye. Entonces las cosas me parecen
nítidas. Se desvanece la neblina en la que me cerco.
Y todas las aristas visibles hieren la carne de mi alma.
Todas las durezas miradas me duele saberlas durezas.
Todos los pesos visibles de objetos me pesan por
dentro del alma.


Jorge Luis Borges

Lo nuestro


Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido.
El barrio que fue las orillas.
Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor.
Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer.
El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote.
El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro.
Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora.
Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.
Los idiomas que apenas desciframos.
Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito.
Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto.
El ilimitado nombre de Shakespeare.
La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta.
El ajedrez y el álgebra, que no sé.

Resucitados en uno, estos Poetas, Borges y Pessoa, me salieron al paso. No buscaron inmortalidad y la encontraron. La voz que era de los dos, en el transporte repleto de pasajeros y a plena luz del dia...iba un muchacho recitando a los poetas, por una moneda, para sobrevivir, donde tambien iba yo, segura de mi rumbo. Soportando el asombro de la ciudad, donde todas sus calles llegan a la Poesía...
Al bajar nos dio un consejo: aléjense de la televisión y busquen un libro. Lo vi perderse pronto entre la gente.
Nunca podré evitar oirlo, escucharlos en cada uno... Peggy Bonilla