Sunday, January 27, 2008

El círculo de las sisellas







¡Ambiciono su alma!

Con soberbia exclamé para asombro de quien me escuchaba, —muy católicos y guadalupanos todos por cierto— en charla trivial.

...entenderán que me convertí en candidata para ser quemada en la hoguera, por salirme de los lineamientos de la “buena gente”…

A partir de eso, de la insolencia, y desde mucho antes, escribo para sanar, porque me es necesario para curar el espíritu. A veces permanezco en el intento, persisto porque significa la vida, es lo único verdadero para aliviar la desesperación de vivir y saberme efímera; certeza de que nos vamos tan pronto de esta tierra y acaso cuando apenas aprendemos a vivir.

He desperdiciado alegrías en caminos diversos, aferrándome al sufrimiento prolongadamente experimentado; por llevar a rastras el dolor de la niñez, imaginario o real, aunque a veces ya ni se recuerde a bien los motivos o en realidad ni duela tanto.

El olvido de abrazar al sol cuando despertamos cada mañana renovados, el gozo de traer desde su luz, con las manos, justo junto a nuestro corazón, sus rayos luminosos, por estar obsesionadas con los atardeceres, la luna, la noche y las estrellas. Oscuridades.

Hallé venturosamente un imprevisto día, en camino sosegado y azulino, y en el a otras hermanas de infortunio, con esa niña en común dolida y lacrimosa a cuestas, y nos fuimos todas al valle, en concupiscencia, entre cerros sagrados que tienen la sabiduría de los siglos, a preguntarles... nosotras, dueñas y señoras de las palabras, para tratar de conocer los misticismos de su silencio.

Contestó el viento a nuestros brazos extendidos, —éramos cinco, guiadas por aquella mujer a la que llamé la Cacica.

Cristina, de mirar traslucido del tercer ojo y Don Lupe— todos estábamos abiertos, a la espera del milagro. Una a una, obtuvimos la respuesta desde lo más profundo de nuestro corazón, el rocío matinal se confundió con las lágrimas del asombro.

Gritar el perdón desgarra. Se vacían las entrañas. Existe un rito ominoso que exorciza los demonios que vulneran. Los espacios abiertos son necesarios para escapar de ellos, dejarlos fuera.Ya que en realidad no son nuestros.

Nos abrazamos conocedoras acerca del contacto físico, que también cura. Aspiramos el olor de la yerba que acariciaba saludandonos. Un soplo —siempre el aire—, nos rondaba como centinela, presto a llegar a los pulmones. Nos dejó escupir el sufrimiento...

Los árboles de los alrededores con sus ramas nos llamaban para ser mimadas. Susurraban: espíritu, manifiéstate, reconóceme, soy tu hermana. Escuché la voz claramente y corrí hasta el encino próximo, con los brazos abiertos, lo abracé y fue muy vehemente nuestro saludo.

El sol entre las montañas asoma para entonces medio cuerpo. No hay frío, el ropaje blanco nuestro, contrasta con los colores del campo tempranero; hasta aquel instante descubrí las flores, dormían cuando llegamos a su habitat. Entendí ese olor a potpurrí silvestre.

En aquel momento, cuando el sol mostró su grandeza, íntegro, estupendo, nos percatamos del círculo asombroso de las sisellas, sobrevolando arriba de nuestras cabezas. Cientos de palomas blancas, en vuelo perfecto y armonioso. Para después mostrarnos el horizonte, hacia donde se fueron una tras la otra, a donde siempre debemos ver. De donde somos y donde venimos.

Los rayos del Dios sol, a raudales, plateaban las alas de las palomas. Después de todo aquello ¡Para que quería yo otras almas! No me sentí vacía, estuve conciente entonces de que recuperé la mía…

3 comments:

Miriam Jaramillo said...

Dios mio. Que lindo Peggy. Como me gusta leerte. Con especial afecto.

ROx said...

Es verdad, la naturaleza te dice cosas, y qué bueno que sepas escucharlas!

AlvaRo NarVaeZ said...

Bueno en realidad tienes una muy buena forma de escribir te felicito, continua asi, escribiendo con el corazon,
a proposito me gustarias que le hecharas un vistazo a mi Blog seri un placer que me dejaras uno que otro comentario

gracias